13.10.14

La trampa de Helheim - Parte Dieciséis

 Era una anciana vestida de negro en una silla de ruedas quien lentamente movió su cabeza hasta la cámara y sonrió como si supiera que estaba siendo observada, sus ojos completamente oscuros brillaban con los últimos rayos del sol de la tarde mientras su mano se elevaba lentamente hacia sus delgados labios y hacia una señal para el que manejaba el aparato de seguridad mantuviera silencio.


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Augusto, Nicole y Pedro empezaba a subir por las escaleras de emergencia hasta llegar a la puerta que daba a las oficinas del piso treinta y tres.

- Está empezando a hacer frío señor, ¿cree que deberíamos seguir?  Yo conozco un cura que podría bendecir el elevador sin que tengamos que molestar a esta gente.
- Cállate Pedro – susurro Augusto mientras abría la puerta de emergencia dejando escapar una gruesa capa de polvo que envolvió a los tres.
- Cof, cof, ¿Qué nunca sube nadie a limpiar en este piso? – pregunto molesta Nicole.
- No señora, digo señor, la gente de esta oficina siempre ha dejado órdenes estrictas de que nadie suba a este piso a menos que sea solicitad, ellos dicen tener su propio servicio de limpieza.
- Pues no sirve de mucho – dijo Augusto limpiándose el rostro y estornudando mientras ingresaba primero al lugar.

La oficina era un amplio espacio con un escritorio de recepción y una computadora antigua sobre el lugar, detrás del escritorio estaba el símbolo descrito por el supervisor, el piso estaba cubierto de una alfombra que alguna vez fue verde pero ahora es gris oscura por la cantidad de polvo en ella, detrás del escritorio se encontraban las oficinas las cuales aparecían abandonadas hacía mucho tiempo.

- No creo que haya habido gente trabajando aquí en mucho tiempo, ¿nadie se dio cuenta de esto? – pregunto Nicole quitando el seguro de la funda donde guardaba su arma.
- Pues no, siempre había llamadas desde este piso y memos a la oficina de seguridad y siempre había gente subiendo y bajando desde este piso – decía Pedro mientras miraba todo el lugar con miedo.
Los tres empezaron a caminar hacia las oficinas con la esperanza de encontrar a alguien que les diera alguna respuesta sobre lo que estaba sucediendo.
- Bienvenidos – resonó una voz a sus espaldas.
Los tres se dieron la vuelta de improviso al tiempo que los dos policías sacaban sus armas y las apuntaban a quien les había hablado.
- No es necesario tanta agresividad caballeros, no tenemos nada que esconder – dijo la anciana en silla de ruedas al tiempo que levantaba las manos lentamente
- ¿Quién es usted? – exclamo Augusto mientras le hacía señas a Nicolas que revisara los alrededores.
- Soy Angerboda y estoy aquí para ver que se cumpla el itinerario.
- ¿De qué está hablando?
- Ustedes lo saben.
- Déjense de medias respuestas y contéstenos de forma clara anciana.
- Todos van a morir – le respondió la anciana cambiando su enigmática sonrisa por una expresión más seria y sepulcral.
- Dios te salve María… - empezó a rezar Pedro.
- No hay forma de salvarlos, ellos mismos están condenados.
- ¿Usted está detrás de todo esto? – le pregunto acercándose más a la anciana sin dejar de apuntarle su arma.
- Solo me aseguro que todo vaya de acuerdo a lo planeado.
Y dicho esto todo el piso treinta y tres se oscureció y gemidos de dolor llenaron los oídos del guardia de seguridad, el detective y la policía mientras sangre parecía llover del techo y cientos de brazos emergían de la oscuridad intentaban agarrarlos mientras escuchaban una voz que les susurraba: “no se acerquen, pueden escuchar sus pasos pero no pueden impedir su camino, no se atrevan a ir mas allá, este es el castigo de ellos no de ustedes”
Inesperadamente Augusto y Nicole empezaron a disparar mientras Pedro se arrodillaba y empezaba a rezar diciendo que todo era obra del diablo y que estaba aquí para matarlos a todos.
Unos pasos se escucharon en la oscuridad y unos esqueléticos sujetos se acercaron a los tres y los agarraron y colocaron en una camilla mientras los destripaban sin escuchar sus gritos que se detuvieran hasta que todo se oscureció y cayeron en un profundo sueño.

- ¡Hey! detective, detective – resonó una voz retumbando dentro de la cabeza de Augusto Gómez.
Los ojos del detective de policía se fueron abriendo poco a poco mientras trataba de entender lo que ha pasado y las imágenes que parecían desenfocadas a su alrededor.
- Tienen suerte de estar vivos – explico la voz – ese alucinógeno era tan fuerte que bien pudieron haber saltado por la ventana y creer que estaban volando.
- ¿Quién, quien es, que está pasando? – balbuceo Augusto.
- Soy yo jefe, Farías, la cámara en el elevador fallo y cambie a la cámara de seguridad del piso treinta y tres, tarde un poco en ubicarlos pero cuando los encontraron parecían haberse vuelto locos, los paramédicos dicen que en algún momento desde que subieron hasta que ingresaron a las oficinas fueron infectados con algún tipo de alucinógeno.
- ¿Y la gente en el elevador?
- Bueno, ellos…
- ¿Qué paso con  la gente en el elevador Farías? – grito el detective Gómez levantándose de improviso de la camilla donde se encontraba.
Seis camillas con seis bolsas negras para cadáveres salían del edificio. Detrás de las camillas un par de oficiales de policía llevaban esposado a un joven de no más de unos quince años cuyo rostro lucia una extraña combinación entre confundido y molesto por lo que estaba sucediendo.
- No es posible, él no pudo haber hecho eso – murmuro mientras volvía a recostarse en la camilla.
- Cálmese detective, cuando los bomberos lograron abrir la trampilla encontraron al muchacho con un estilete y sangre en sus manos, incluso murmuraba que él era un monstruo.
- Aun así,  el no pudo haberlo hecho solo, no pudo.
- Cálmese detective, será mejor que descanse, ya todo se ha solucionado – lo calmaba el supervisor de seguridad mientras esbozaba una suave sonrisa.

Mientras las ambulancias y las patrullas se alejaban del lugar dejando tan solo un grupo de curiosos, unos policías y algunos reporteros Farías ingresaba al edificio mientras recibía a otro grupo de personas que clamaba por ingresar al piso treinta y tres agitando sobres con letras doradas, el sonrió y señalo el elevador de servicio mientras sus ojos pupilas se diluían y el blanco de sus ojos se llenaban de un liquido oscuro mientras sonreía satisfecho.