2.5.14

La trampa de Helheim - Parte Ocho

Farías no dijo nada, solo ingreso en silencio y aplastando un par de botones transfirió las imágenes de uno de los monitores más pequeños del escritorio hasta que todos los monitores en la pared mostraron la imagen del grupo en el elevador con un cadáver en la esquina y los otros agrupados cerca de las esquinas contrarias acurrucados y en silencio.
- Oh por Dios – fue lo único que atino a decir el detective Gómez al ver aquella imagen.


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El aire se hacía pesado en aquel reducido espacio y la respiración del grupo se hacía difícil, en especial el aire que llegaba a los pulmones de aquella anciana que balbuceaba una y otra vez aquella historia sobre una reunión de pecadores y la subsecuente muerte de ellos.
- ¡Cállese señora, por el amor de Dios cállese! – grito la joven universitaria de improviso.
- Me llego la hora, a mí y a todos ustedes – siguió diciendo la anciana sin prestarle atención a los gritos de la joven.
- Cálmense las dos – exigió Darío levantándose de la esquina donde estaba sentado y acercándose a las dos mujeres sin alzar la voz – a pesar de que el ventilador está funcionando y el lugar es un poco más amplio que un ascensor normal hay poco oxigeno y no deberíamos gastarlo en estupideces, mantengan la calma y ya vendrán a ayudarnos.
- ¿En verdad lo cree señor? – pregunto el adolescente quien permanecía sentado a pocos centímetros del cadáver.
- Debemos creerlo – respondió Darío observando la cámara mientras secaba el sudor de su calva.
Unos tensos minutos pasaron hasta que el sonido de un teléfono repicando interrumpió aquel sepulcral silencio. Era el auricular del elevador.
- ¡No respondan! – grito la señora – es el demonio, llama para burlarse de nuestra desgracia.
- Señora, por favor cierre la boca – dijo Michael mientras descolgaba el auricular y contestaba.
Hubo un corto silencio mientras Michael colocaba el auricular en su oído y escuchaba la voz al otro lado de la línea asintiendo y limitándose a decir: “Si”, “ok”, “entiendo”, “lo hare ahora mismo” y luego de decir esa última frase aplasto el botón del altavoz y colgó el teléfono haciéndose a un lado hasta que la cámara pudo enfocarlo con claridad extendiendo su cedula de identidad.
“ Saludos señoras y señores, soy el detective de policía Augusto Gómez, estoy encargado de su situación y estamos haciendo lo posible para sacarlos, debido a que ha habido un fallecido en el lugar le he solicitado al caballero que me ponga en altavoz y extienda su cédula de identidad para saber quién es él, en cuanto se aleje acérquense cada uno de ustedes y saquen cualquier documento que los pueda identificar, diríjanse a la cámara  por unos instantes y aléjese para que podamos identificar a los demás. Pronto podremos sacarlos de allí sanos y salvos” 
Los ojos grises del detective fue observando a cada uno de los seis ocupantes del elevador extender sus identificaciones a la cámara y anoto los nombres de todos en una pequeña libreta, luego de meditarlo un momento encendió una vez más el altavoz y acercándose al micrófono solicito que alguno de ellos buscara alguna identificación del cuerpo.
- ¿Está loco? – exclamo Darío – nadie en su sano juicio se acercaría a esa basura humana cuando estaba vivo peor ahora que está muerto.
- Necesito identificar a cada uno de los que están allí y eso incluyen la identidad del cadáver.
- ¿No podría buscar por huellas digitales o ADN? – pregunto la universitaria incomoda por la posibilidad de revisar al cadáver.
- Lo haríamos si pudiéramos ingresar pero están atrapados y hasta que no salgan del elevador necesito que busquen alguna identificación.

Todos evitaban mirar el cadáver, ninguno se atrevía a decir nada o siquiera a pensar en revisar el cuerpo intentando evadir aquella petición hecha por el detective.

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