10.9.11

Precuela: El Septimo Vertice (Archivo 6)




Cira Rossenbaum se quedó inmóvil mirando fijamente a Gilliam, mientras los otros dos levantaban al joven desnudo y lo colocaban nuevamente sobre la mesa. Gilliam, que percibió los ojos turquesa de la genetista mirándolo de manera acusadora, simplemente optó por ordenarle que bajara la mirada y que socorriera a su “amiguito”; así lo hizo ella, pero eso no cambiaba el hecho de que estaban descubiertos. Ahora eran claras las palabras de su extraño guardián, ahora era claro lo que sucedió con todos sus compañeros. Ahora eran capaces de entender tantas cosas: el tumulto de gente extraña que colmaba el edificio al atardecer, la palidez, las medias sonrisas, las palabras arrastradas casi sin abrir los labios. Aquella obscena voracidad con que eran observados. Todo se volvía más claro ahora. Lo que no estaba claro aun era si ese descubrimiento les daba alguna ventaja o, por el contrario, los colocaba en una situación peor de la que ya estaban.


Luego de este incidente y, no habiendo más motivo para ocultar su verdadera condición, Gilliam aceptó que fuera retirada una pequeña cantidad de sangre para poder elaborar el mapa genético. Los jóvenes científicos ya ni se extrañaron de la profunda viscosidad de aquella sangre negra que extrajeron de la vena del sujeto, y al instante todo el lugar se inundó de un dulce aroma que los envolvió, casi hipnotizándolos.

El rostro de Gilliam era una máscara de alegría, rió como si hubiera descubierto el secreto de la felicidad y se movía por toda la gran habitación como un niño al que obsequian el juguete deseado, mientras murmuraba cosas sin sentido y en un idioma desconocido. Había encontrado algo de suma importancia, sea lo que fuere; pues como siempre, no emitió explicación alguna.

Tras varias semanas, en las que apenas comieron o durmieron, acechados todo el tiempo por Gilliam y las miradas de sus feroces ayudantes, Rossenbaum tuvo listo el mapa genético de este ser al que ya no podía llamar humano. Era obvio lo que ellos eran, y en su interior una sospecha cada vez más grande la carcomía, pero no se atrevía a revelarla.

La sangre del ser, a pesar de su viscosidad, color y extraño aroma, era rica en nutrientes lo cual hacía suponer que el sujeto tenía una fuerza excepcional. Hicieron pruebas de todo tipo: la sangre no mezclaba en agua ni en ningún otro componente líquido; al dejarla expuesta al ambiente no se coagulaba sino que a los pocos minutos se convertía en un material sólido, liso y brillante, a la luz ultravioleta no tenía ninguna reacción, se mantenía inmutable. De Souza colocó una gota de su propio plasma en la sangre negra del ser, a lo que la misma reaccionaba prácticamente engulléndola y transformándola en propia, sin embargo al colocar una gota de la sangre negra sobre la suya, la transformaba, pero no de la misma manera: el color y el olor natural no cambiaban, sin embargo la volvía menos líquida y le compartía buena parte de los nutrientes que llevaba, mejorándola. El sujeto era todo un enigma para ellos.

Entonces Gilliam dio a Rossenbaum una orden inquietante: clonar al sujeto.

Ella no entendía por qué Gilliam le pedía eso y tuvo la sangre fría suficiente para preguntar a bocajarro “¿Acaso no es fácil para los de tu especie crear más como ustedes? ¿Para qué me pides clonar a este sujeto?” a lo que Gilliam simplemente respondió tomándola por el cabello y acercándola amenazadoramente mostrando sus colmillos sin ningún pudor, amenazándola con convertirla en uno de ellos si no hacía lo que le ordenaba y cerraba la boca.

- ¡Estás loco Gilliam! No sé lo que seas y no me interesa, pero en verdad te digo que ustedes no llegarán lejos con sus intenciones, cualesquiera que sean. La humanidad no se dejará barrenar tan fácilmente. Pronto ustedes serán descubiertos y destruidos como…-

- ¿Cómo qué estúpido muchacho; Como en las películas? – dijo Gilliam riéndose obscenamente en la cara del físico - ¿Pero de qué humanidad me hablas? Claro, tu encierro aquí no te ha permitido darte cuenta. Esa humanidad de la que hablas ya no existe ¿No me crees? Tranquilo que falta poco para que puedan salir de aquí y vean lo que quedó de su “humanidad” – dijo Gilliam, casi escupiendo estas palabras a la cara del joven

- ¿ - ¿De qué hablas? – preguntó Agatha de Souza.

- Q - Que sucedió lo que tenía que suceder, mi pequeña. El hombre, el único animal que masacra a su propia especie terminó por auto exterminarse. Todas las guerras, toda el ansia de poder y la ambición cobraron su fruto y pasó lo que por cientos de años ustedes, homosapiens estúpidos, han temido. Les llegó el Apocalipsis, el Armagedón; llámalo como más te guste. ¡El fin del Mundo! Ustedes tres deberían hasta estarnos agradecidos de que los mantuviéramos aquí dentro. De haber estado allí fuera, sin duda hubieran desaparecido hace meses como el resto. ¿Qué ironía verdad? Ustedes, los que construyeron las más ingeniosas armas químicas que destruyeron la vida de este planeta, son ahora los únicos seres humanos que respiran sobre la Tierra – Gilliam continuó riendo a mandíbula batiente mientras soltaba estas terribles verdades

A A su vez, los tres científicos se deshacían en llanto al confirmar todos sus miedos: la Tierra había sido devastada, la humanidad ya no existía. Ahora ellos, esas aberraciones que solo habían conocido en los cuentos y los mitos, eran los únicos que habitaban el planeta. Ellos ya no tenían esperanza ni escapatoria. Eventualmente terminarían siendo el alimento de ese maldito loco y sus siniestros guardaespaldas.

Gilliam continuó impartiendo las ordenes que había dado, y como si leyera sus atormentadas mentes, les dijo que no tenían de qué preocuparse pues aun los necesitarían por largo tiempo. Su próxima exigencia fue que crearan un sustituto de la sangre, una mezcla líquida de los nutrientes y minerales que conformaban la sangre humana; les ordenó crear un plasma sintético y no dio más explicaciones al respecto. Ni tenía que darlas; ellos entendían muy bien las razones de su petición.

De Souza y Rossenbaum eran las más atormentadas puesto que eran las que tenían el conocimiento para llevar a cabo las órdenes de Gilliam, especialmente Rossenbaum. Brennan apenas podía fungir como asistente pues no era su campo. El temor que compartían los tres, sin haberlo platicado siquiera, era que pronto notaran la inutilidad de los conocimientos de Brennan y De Souza en esta labor y sufrieran la condena de ser consumidos por alguno de estos seres malditos. Esperaban, cada uno por separado, que pronto les encontraran usos a sus talentos; aunque ya no sabían si era preferible morir de una vez que continuar en este suplicio.

Con las maldiciones de Gilliam acariciando sus oídos cada día y las diversas amenazas que profería de continuo, tras algunos meses tuvieron lista la formula que requería el plasma sintético y empezaron con la elaboración experimental del mismo. Cuando la cantidad prototipo estuvo lista, fue el mismo Gilliam quien se prestó para probarla, no sin antes dejar a sus dos acompañantes carta blanca para tomar cuenta de ellos si algo malo le sucedía; pero fue gratamente sorprendido cuando, al beber el liquido ligeramente amargo pudo notar que, con ciertas diferencias, podía llegar a ser un buen sustituto de la sangre humana.

Ahora, sin demora los puso a trabajar en lo que les había dicho: clonar al sujeto. Una agotada Cira Rossenbaum se puso manos a la obra, extrayendo diversas muestras para la experimentación. Ella, a pesar de la presión, no podía dejar de asombrarse de las cualidades sobrehumanas del joven sobre el que estudiaba. Al encontrarse trabajando en su elemento, varias veces se sorprendió emocionada con sus descubrimientos olvidando por momentos la pesadilla que vivían; pero no era para menos: las células del sujeto eran, a falta de una palabra mejor, perfectas. De pronto cayó en cuenta de un hecho que la sobrecogió: era indestructible.