23.7.11

Precuela: El Septimo Vertice (Archivo 5)

De inmediato el hombre se volvió hacia ella golpeándola en el rostro con el dorso de la mano de un modo tan brutal que la lanzó contra unos grandes archiveros de metal al final de la estancia “¡Estúpida. Nunca vuelvas a repetir esa ignominiosa palabra!” rugió Gilliam, mientras Cobalt se apresuraba a socorrerla.

La sonda de fibra óptica con que De Souza llevaba a cabo la exploración, contaba con una cámara microscópica en su interior, las imágenes empezaron a verse en el monitor del computador; pronto ella y sus compañeros quedaron asombrados de lo que veían en el interior del perfecto cuerpo del joven que Gilliam había traído.

Sus órganos internos eran extraños, su corazón era un poco más grande de lo normal para un hombre de su estatura, pero bombeaba con lentitud; sus pulmones eran sumamente pequeños, ella comentó que un hombre como él no podía sobrevivir con la escasa cantidad de oxígeno que abarcaban esos pulmones.

Gilliam le dijo que se limitara a continuar la exploración con la boca cerrada, y así lo hizo.

Al bajar un poco más quedó atónita al ver que el estómago estaba reducido a una pequeña bolsita gris y el hígado estaba totalmente atrofiado, reseco; sin ningún funcionamiento. Los riñones eran como dos uvas pasas y los intestinos eran como una retorcida cuerda que serpenteaba sin objeto por el vientre casi vacío del hombre. Su aparato reproductor y su órgano sexual se encontraban, extrañamente, en magnífica forma.

En lo que respectaba al resto de órganos eran inexistentes, y los que quedaban eran apenas vagos recuerdos de lo que son en realidad. Lo único que parecía funcionar con regularidad eran los músculos que estaban en muy buena forma y las venas, de gran tamaño por cierto, donde circulaba lentamente una sangre oscura, casi negra.

Por lo demás y, a pesar de que aparentemente estaban atrofiados; el corazón, los pulmones y el estómago, a su propio ritmo funcionaban bien.

“¿Qué tipo de hombre es este?” preguntó la Dra. De Souza a Gilliam.

- Eso es lo que menos les debe de interesar a ustedes- contestó Gilliam – no están aquí para hacer preguntas, sino para hacer lo que yo les diga.

Amedrentados por las frías palabras de Gilliam, los tres doctores continuaron obedeciendo lo que les decía, y así pasaron varios días sin novedad aparente, hasta que un día, llevando a cabo una de sus ordenes: cortar un mechón de cabello para efectuar un estudio de A.D.N. el Dr. Brennan no pudo cortar los cabellos, parecían suaves al tacto y delicados; pero no hubo bisturí, cuchillo, tijera; ni tan si quiera una sierra que lograra cortar o arrancar un solo cabello del joven que yacía dormido ante él. Al ver esto hubiera sido más fácil extraer un pedazo de piel o un poco de sangre, pero Gilliam había sido categórico al decir que no quería ninguna marca sobre la piel del sujeto.

Es más, por el esfuerzo de intentar cumplir con la orden, Brennan llegó a cortarse profundamente el pulgar izquierdo. Al retirar el guante para efectuar correctamente la curación, una gota de su sangre cayó sobre el rostro del joven durmiente. Todo esto sucedió en fracciones de segundos: Brennan se dio la vuelta sin percatarse de que el muchacho dormido había empezado a inspirar con más fuerza, al momento, abrió los ojos que refulgían a pesar de la excelente iluminación del lugar. Fue De Souza la que notó en uno de los monitores la respiración acelerada y la potente actividad cerebral que se desató de pronto. Miró hacia donde estaba él, y vio que el joven, antes dormido, se incorporaba, vio el temible fulgor en sus ojos y el hermoso rostro desfigurado en una fiera actitud; la rosada boca contraída dejando al descubierto casi toda la dentadura y los largos colmillos amenazadoramente. Quiso dar la voz de alarma a su compañero, pero fue tarde pues con un rápido movimiento, nada propio de alguien que ha estado en sopor comatoso por tantos tiempo, aferró al joven físico por la espalda horadando su garganta mientras a tragos largos, claramente bebía la sangre de su cuello.

De inmediato Gilliam y los otros dos hombres sacaron unas pistolas de tranquilizantes y empezaron a disparar sin descanso sobre los miembros desnudos, hasta que este cayó pesadamente dejando en libertad a su presa, afortunadamente el Dr. Brennan tuvo poco que lamentar aparte de una palidez y una debilidad que duraron un par de días.

Lets think of what we done so far...


Thinking....