24.1.11

Guayaquil bye, bye

Suena campanas en medio de una noche silenciosa, no son repiques de felicidad o de fiesta, son campanadas de muerte. Una y otra vez los gritos y llantos se confunden con las campanadas de las iglesias para luego ser alternadas con las sirenas de emergencia que nunca pensé que tuviera esta ciudad.

Guayaquil está muerta, no existe más.

Todo empezó hace tres días como un juego absurdo y ahora todo desaparece ante mí, las calles están bañadas de sangre y tripas, en las aceras hay niños llorando pero eso no es nada nuevo, siempre hubo niños llorando solo que estos ahora sostienen las manos mutiladas de sus padres con la esperanza de que los guíen a salvo.

Es gracioso, esos mismos mocosos eran indiferentes ante las películas de horror y los films apocalípticos, como si cuando llegara el fin ellos serian los primeros en aceptarlo y reírse del asunto, ahora son los primeros en llorar y llamar a sus mamis.

Lanzo un corto suspiro, no puedo evitar sonreír al ver semejante caos, sabía que pasaría pero nadie me escucho, nadie me hizo caso y ahora que ha sucedido me siento triunfante, un triunfo estúpido pero un triunfo al fin. Por la radio dicen que una ola gigante se ha llevado casi todo Perú, las costas de Ecuador también, Guayaquil tuvo suerte, si el ser invadida por zombies es llamarlo suerte.

Las campanas están callando, el llanto está siendo reemplazado por los gemidos de cuerpos muertos mientras el fuego como una bestia incontrolable azota varios sectores de mi querida ciudad al tiempo que un olor a podrido inunda mis narices aun con la ventana de mi edificio cerrada. Cientos de golpes inundan la puerta principal de mi casa, tomo otro sorbo de whisky, suspiro una vez más, tomo mi machete dispuesto a luchar, mis piernas me tiemblan, estoy asustado y mientras la puerta se abre pesadamente veo a mis padres, a mis amigos y amantes estirando sus podridos miembros para saciar su eterna hambre por carne viva. Sin darme cuenta empiezo a reír sin parar mientras voy retrocediendo y cortando dedos, brazos y piernas al tiempo que un liquido rojo oscuro mancha mi rostro, un relámpago ilumina toda la escena, no puedo evitar sentirme triste pero no por lo que son sino por lo que tengo que hacer para estar vivo, me siento desesperado, sin salida, corro a la ventana mientras me abalanzo al vacio, esos pocos segundos se alargaron hasta casi parecer horas mientras caía del quinto piso a la acera.

Luego todo fue mejor, volví a ver a mis padres, a mis amigos y amantes, volvi a estar tranquilo y a sonreír, ya no sentía esa desesperación de hace unos instantes, el único problema era el hambre que me atacaba pero eso será fácil de mitigar, mientras haya carne viva nosotros siempre existiremos.