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Los Niños del Abismo Cap. 10


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Eran las diez de la noche, todos estaban dormidos. Los niños que habían sido separados para ser enviados a Europa con nuevas familias estaban en una sala especial para que se acostumbraran a la separación de los otros huérfanos, el lugar permanecía vigilado por guardias regordetes de aspecto temible y desaliñados, Josselyn y yo nos deslizamos de nuestros respectivos cuartos hacia aquella sala con el amparo de aquella noche sin luna, gracias a eso podíamos estar a unos cuantos metros de aquellos guardias sin que se percataran de nuestra presencia.

-          ¿Estás seguro que podremos hacerlo? – me susurró Josselyn nerviosa
-          No te preocupes – le dije al tiempo que lanzaba un par de piedras para distraer a los guardias – ahora corre hacia la puerta.

Al llegar a la puerta vimos con horror que tenía un gran candado y una gruesa cadena que la cerraba, Josselyn se puso más nerviosa de lo que ya estaba, por unos segundos tuve que taparle la boca para que no gritara y sostenerla para que no cayera.

-          No te preocupes, todo saldrá bien – le dije mientras la sentaba contra la puerta y tomaba un tubo oxidado que encontré en un rincón del lugar

Caminé un poco tratando de ubicar a alguno de los guardias con la esperanza que tuvieran la llave, mis manos temblaban en aquella oscuridad, me imaginaba a aquellos inmensas moles de grasa acechándome y aquella idea me crispaba los nervios; era un niño todavía, no estaba acostumbrado a esto, demonios, aun me estaba acostumbrando a la idea de que mis padres habían muerto y no los vería más.
Mientras aquellos pensamientos surcaban, mi mente una inmensa sombra se posó a mis espaldas llamándome, aquella voz a la que no reconocí me hizo sobresaltar y lo primero que atiné a hacer fue golpear con aquel tubo lo que tenía delante, haciendo que aquella sombra cayera de una sola vez al piso gimiendo del dolor. Era uno de los guardias. Cuando observé que había golpeando a aquel monstruo en la entrepierna y que había soltado un gran manojo de llaves las tomé sin pensarlo dos veces y corrí hacia donde Josselyn se encontraba.

-          Levántate. ¡Vamos, arriba! – le insistí, nervioso porque el otro guardia nos fuera a descubrir mientras buscaba la llave adecuada para aquel gran candado.
-          No lo lograremos, quiero verlos, quiero a Andrés, a Carolina pero sé que no lo lograremos, lo sé – se lamentaba Josselyn observando nerviosa a todos lados.

Mis manos temblaban mientras trataba de conseguir la llave correcta y Josselyn no ayudaba en nada en aquella situación. Unos pesados pasos resonaban en aquella oscuridad y mi corazón empezó a golpearme como un tambor; finalmente encontré la llave adecuada.

-          ¡Vamos ya está!
-          Pero estaremos encerrados, no habrá salida, sabes los castigos que se aplican aquí si desobedeces, has escuchado los gritos – gimió mi amiga.
-          No importa, solo entra – le dije empujándola en el interior de la habitación mientras entraba yo también y cerraba la puerta por dentro.

Un viento frío nos llegó al momento en que cerré la puerta. Parecía venir del interior mismo de la sala, nos dimos la vuelta poco a poco temiendo lo que pudiera haber detrás de nosotros. Al observar detenidamente apreciamos que aquel lugar no era un cuarto o una simple sala: era la entrada a otro lugar, una entrada excavada muy profundo en la tierra en donde se escuchaban golpes de picos y palas;  lo único que iluminaba el lugar eran dos antorchas a los lados de aquella entrada.

-          ¿Qué es este lugar? – preguntó Josselyn observando aquella extraña cueva y el oscuro agujero que descendía a través de escaleras hacia un lugar desconocido.
-          No lo sé, pero aquí es donde está Andrés así que por aquí iremos – respondí olvidando el miedo que me corroía las entrañas.

Descendimos por aquel oscuro túnel hasta vislumbrar puntos luminosos más allá, al tiempo que escuchábamos voces diferentes que llegaban a nuestros oídos, primero como murmullos y frases que no entendimos acompañadas de golpes de picos y palas, luego conversaciones reales y gemidos ahogados.

-          ¿Qué es este lugar? – le susurré a Josselyn inquieto.
-          No lo sé.

Seguimos adelante y observamos a los jóvenes, quienes supuestamente estarían preparándose para ir con sus nuevas familias, en ropa interior y algunos desnudos trabajando como mineros. Sudados, cansados, algunos llorando a la luz de las lámparas de querosén que habían reemplazado a las antorchas que nos habían dejado atrás.
Una figura musculosa y pelada surgió de la oscuridad, acompañado de un delgado personaje cubierto con una larga bata con capucha. Ambos examinaban a sus pequeños trabajadores con sumo desdén y placer.

-          Señor, ¿qué es este lugar?, ¿no deberíamos ir a misa? – preguntó uno de los pequeños jalando la sotana del sujeto cubierto.
-          ¿Misa? – preguntó el personaje descubriéndose el rostro mientras se dejaba ver el asistente del Conde, al tiempo que observaba al pequeño de pies a cabeza con su cuerpecito sudado, tembloroso y desnudo – puedo soportar esas mierdas afuera pero aquí no acepto que nombren a esos drogadictos con sotana mal paridos que llaman curas, aquí hablas con Dios o con el Diablo directamente, si no te gusta puedes hablar con mi falo que te escuchara mejor que esos dos juntos.
-          Pero, pero...
-          Te aseguro mi niño – le susurró aquel joven sonriéndole de una forma casi diabólica – que no importa qué te hayan dicho esos maricas con vestido, sus reglas y pecados son auto torturas para compadecerse y frenar la libertad de los hombres, aquí harás lo que yo diga cuantas veces lo diga.

Diciendo estas palabras se volvió a poner la capucha y dirigiéndose al forzudo calvo le dijo:

-          Procura que se alimenten bien, maltrátalos si es necesario para que trabajen pero no los mates, los necesitamos por ahora; estamos demasiado cerca para demorarnos más por otra muerte en estos túneles.
-          Mmm… – fue la respuesta del forzudo hombre calvo mientras a empujones les incitaba a seguir trabajando.

Aunque la escena me hizo temblar, con el tiempo pude entender las palabras del asistente para con los dirigentes de las religiones, especialmente la católica, mas, nos estamos desviando del tema.

Aquellas dos personas se alejaron de los chicos desapareciendo en las sombras de la mina mientras ellos volvían a trabajar escarbando las entrañas de la tierra entre sollozos y suspiros.

-          Necesitamos encontrar a Andrés – me susurró Josselyn mientras me sacudía ligeramente.
-          Claro, ¿pero cómo? – le pregunté mientras confirmaba con una rápida mirada que  ninguno de los tres que estaban trabajando allí era Andrés.
-          Deberemos buscarlo en silencio.
-          ¡Estás loca! – exclamé tratando de no gritar - esta cueva tiene cientos, tal vez miles de kilómetros excavados, ¿cómo lo encontraremos?, ¡Dios santo! solo somos niños, esto es demasiado para nosotros.
-          Debemos intentarlo flaco, si no somos nosotros no habrá nadie más, recuerda, somos huérfanos, a nadie más le importa nuestro destino – me respondió ella observándome con un fuego contagioso en sus ojos negros.
-          De acuerdo – le susurré mientras ambos nos escabullíamos entre las sombras del lugar y las rocas de los alrededores - ¿qué hay de ellos? – le pregunté observando a los tres muchacho que seguían trabajando como si no nos hubieran sentido siquiera.
-          Déjalos, si podemos volveremos por ellos, no hay razón para darles falsas esperanzas.

Asentí con la cabeza entendiendo sus palabras y nos adentramos en aquel gigantesco lugar buscando a Andrés resguardados por las sombras y las rocas.

El anciano se detuvo, lanzó un gran suspiro y no dijo más, parecía perdido en sus recuerdos.

-          ¿Sucede algo? – preguntó la joven desconcertada por aquella súbita interrupción del anciano.
-          Son tantos, tantos recuerdos, es difícil decirlos ahora, los he guardado por tanto tiempo – gimió llevándose la mano a su pecho.
-          Podemos detenernos si quiere, se está haciendo tarde, supongo que está cansado.
-          No, disculpa, tienes derecho a saber toda la historia, además apenas son las cinco de la tarde, tenemos toda la noche para contar la mejor parte.- dijo el anciano sonriéndole.
-          ¿La mejor parte?
-          Créame, el final de esta historia será definitivamente la mejor parte.