12.2.09

Tomado de la pagina web del diario Expreso:

25 años sin Julio Cortázar

En el aniversario de la muerte del escritor argentino se editan tres nuevos cuentosRedacción y El País

Los chicos de la escuela lo llamaban “el belgicano” porque gargarizaba las erres y porque había nacido, por casualidad, en Bruselas. Fue en agosto de 1914, en el arranque de la Primera Guerra Mundial y durante una misión de su padre en la embajada argentina.

Afable, aniñado y con ojos de gato, “larguirucho, carapálida, desgarbado y lampiño”, así recordaba a Julio Cortázar en la primera página del primer tomo de sus obras completas (Galaxia Gutenberg) su amigo, el crítico Saúl Yurkievich, que -acto seguido- matizaba lo de lampiño a la luz de la barba con la que, en los años 60, el escritor quiso homenajear al Che y, de paso, a Orson Welles.

El 12 de febrero de 1984, hace hoy 25 años, el autor de Bestiario murió en un hospital de París víctima de una leucemia. Yurkievich contó que poco antes había pedido escuchar el último quinteto de Mozart y un solo de piano -I ain’t got nobody- de Earl Hines.

Había llovido lo suyo desde que, en 1951, vendiera su colección de discos de jazz para malvivir en Francia como un becario feliz. También desde que dos años más tarde se consagrara, por encargo de Francisco Ayala y para la Universidad de Puerto Rico, a traducir los relatos y ensayos de Édgar A. Poe.

Ese mismo año, 1953, Cortázar se había casado en Buenos Aires con Aurora Bernárdez, licenciada en letras de origen gallego que luego se convertiría en traductora de autores como Ítalo Calvino, Lawrence Durrell y Albert Camus.

Bernárdez, de 91 años, se separó de Cortázar en 1968, pero cuidó de él en sus últimos días y sigue cuidando de su legado. De hecho, presentó en Madrid una edición artística con tres textos inéditos de la serie de Historias de cronopios y famas, según Vargas Llosa el libro más “travieso” de Julio Cortázar.

Ella fue, además, la inspiradora de esos relatos llenos de paradojas. “Un día en la villa Médicis de Roma”, contó, “le dije a Julio: ‘esta escalera es para bajar no para subir’ y él me dijo: ‘nunca lo había pensado’”. Ahí arrancó la colección.

El agobio por el trabajo y la incomunicación presentes en los nuevos textos -un cronopio, por ejemplo, pregunta a un fama cuántas patatas fritas quiere con el filete- se suman así a delirios ya clásicos como las instrucciones para llorar, para comportarse en un velatorio, para subir una escalera o para dar cuerda a un reloj.

Pero, ¿qué es un cronopio? Cortázar decía que el perfil literario de esos seres “desordenados y tibios” se le ocurrió en medio de un concierto de Stravinski. Dionisíacos, creativos y surrealistas, los cronopios son lo contrario de los famas, esos pragmáticos individuos que necesitan papel rayado para escribir y que “aprietan desde abajo el tubo del dentífrico”.

Cortázar, sin repetirse, siguió tirando del mismo hilo zumbón en libros inclasificables, y ajenos al corsé de los géneros, como La vuelta al día en ochenta mundos, Último round o Los autonautas de la cosmopista, escrito a cuatro manos con su segunda esposa Carol Dunlop, que murió dos años antes que él.

El desparpajo de su literatura no es nada extraño en alguien a quien sus amigos veían como un niño grande, un escritor muy serio que siempre manejó las palabras como si fueran de juguete.

Su novela Rayuela está en la cima de la narrativa experimental latinoamericana. La obra propone dos lecturas (el autor sugiere que pueden ser infinitas): una de la manera tradicional; otra, yendo atrás y adelante, leyéndola en un orden de capítulos establecidos en el Tablero de dirección que figura en las primeras páginas.

Sin embargo, allí no reside su mayor mérito. Cortázar fue un renovador del género narrativo, especialmente del cuento breve, tanto en la estructura como en el uso del lenguaje. Genio y maestro del relato, su estilo casi conversacional y sin adornos esconde las más inesperadas sorpresas.

Es célebre la frase cortaziana de que en la novela se gana por puntos y en el cuento, por knock out. Es lo que logra producir en el lector al final de sus historias cortas, cruzadas casi siempre por un hecho fantástico. Primero un fuerte estremecimiento y luego una placidez solo comparable con el sueño justo del hipotético boxeador

Voces:

“Cortázar es el mago indiscutible de lo lúdico y fantástico en la literatura latinoamericana. ‘La vuelta al día en ochenta mundos’ es uno de los libros más apreciados de mi biblioteca. En su segunda etapa, tamizada por lo ideológico, su calidad literaria no era la de antes. Es costumbre dejar en su tumba, en el cementerio de Montparnasse de París, una copa de vino y una hoja de papel con una rayuela dibujada”.
Miguel Antonio Chávez
Escritor

“La influencia de Cortázar en la estilística formal es enorme, introdujo un tono coloquial que faltaba en la lengua española. La originalidad de sus historias es evidente, y hasta podemos decir que hay un antes y des-pués de Cortázar en la manera de escribir de los autores latinoamericanos. No fue un gran novelista, pero sin duda fue un espectacular cuentista, sus textos informales y lúdicos son geniales”.
Javier Vásconez
Escritor